Contra el vallado de parques

Este texto aparece en el último número de la publicación madrid 15m [ver sitio web], y está firmado por el Grupo de Trabajo Recuperando Nuestros Espacios de la Asamblea Popular de Alcalá de Henares. Está muy bien porque va más allá de una queja puntual y concreta. Hace una reflexión sobre la semiótica del cierre de las zonas verdes urbanas y el mensaje intrínseco del poder en tales acciones.

En este blog ya hicimos un post acerca del cierre de los parques urbanos [ver post]. Evidentemente sin tanta brillantez intelectual como la gente del 15m.

EPR

Contra el vallado de parques

El sistema capitalista, en su clave «postmodernista», aunque siguiendo la estela de su historia predecesora, facilita un discurso (de venta de productos) engalanado siempre con detalles naturalistas. Mensajes publicitarios que hacen mención continua a la  naturaleza como bien necesario y saludable. Nos beneficia, satisfactoriamente, el contacto con una naturaleza que podemos encontrar, no ya en un paraje, sino en las barritas energéticas, los refrescos, los zumos, el pan de molde, etc.

Vallado del parque de Islas Filipinas (comunmente llamado parque Santander) de Alcalá de Henares. Imagen: Diario de Alcalá

Sin embargo, el sistema capitalista ha decidido construir sus propios suelos sobre terreno libre de asfalto y abundante en tierra y barro. Ha decidido cercar jardines, terrenos agrícolas, levantar edificios e industrias. Ha decidido contaminar ríos y mares. Ha decidido sobreexplotar sus recursos. Ha decidido aprisionar a los usuarios de un parque. En este sentido, un parque urbano, por regla general, podría ser considerado como un lugar «natural» dentro de un medio «artificial». El viandante que se acerca a un parque se convierte en usuario momentáneo de la naturaleza. No participa ni en su manutención, ni en su conformación, configuración… ni se interrelaciona, mayoritariamente, con el resto de personas que cohabitan en el parque de forma puntual, a no ser que sean amigos, conocidos o «gentes casuales». Actualmente el usuario es encerrado en el parque, enjaulado, y parece ser que el Estado pretende acelerar el encuentro con las rejas ya desde la más tierna infancia. Horripilante parece esta cuestión de enrejar parques, lugares donde la gente juega y se divierte o pasa un rato agradable de «charleta» amenizada con las amistades.

Existe una separación entonces entre el parque como lugar controlado, cercado, limitado, y la calle, lugar de tránsito. No hay continuidad en el espacio. Si el parque ya no es parque, sino «jaula natural» donde el niño y la niña juegan, donde la adolescencia y la juventud matan los días, donde la persona adulta pasea y la vejez se entrena, ¿no nos estarán acondicionando para que cuando «nos metan presos» el entorno nos resulte familiar e incluso atractivo (sin columpios, sin jardín) pero sin continuidad con el afuera? Pues, efectivamente, existe un planteamiento del «afuera y el adentro».

La sociedad de la vigilancia no solo la notamos en la cámara que controla nuestros pasos y acciones, sino también en el encarcelamiento que sufrimos cuando acudimos a un sitio como un parque, que además, ya reglamentado como una prisión, tiene horario de apertura y cierre. Aunque ampliado, mantiene resonancias con la salida al patio de una cárcel. Tal como la prisión —lugar cerrado y hermético—, el vallado del parque se sitúa en una posición —discursiva— ligada íntimamente con la seguridad, la salubridad, la higiene y la limpieza. Su argumento parte siempre de esa óptica de supuesta defensa de la integridad —fisiológica— del ser humano. Control del espacio para un fin que asegure el bienestar del mismo  para el día siguiente. El discurso que se vende pretende hacer creer que con el vallado del parque se contrarrestará la posibilidad de ingesta de drogas (cannabis y alcohol fundamentalmente) en el entorno peligroso de la noche, que  transgrede la transparencia de la mirada libre de obstáculos, propia del Panoptismo, método oportuno de control social. Lo cierto es que las medidas que posibilitan una supuesta seguridad en la población se ven amenazadas por la insatisfacción manifiesta de la vecindad habitante cercana del espacio cercado. Por tanto, si el sujeto asegurado no cree en su propia seguridad —o al menos, si en este caso es fáctica—, ¿cómo es posible la viabilidad del discurso gubernativo en este aspecto? ¿Sería entonces loable rebelarse ante tal medida?

Enlace al artculo original: http://madrid15m.org/publicaciones/madrid15m_n_6.pdf

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